1. Algunas desigualdades constituyen un ultraje a la dignidad humana.

   En la actualidad, el 20% mejor situado de la población mundial posee el 80% de los recursos, mientras que el 20% más pobre, sólo tiene acceso al 0,5% de los recursos existentes en la Tierra.

Si a esto añadimos que en los últimos años los odios y luchas étnicas están alcanzando decenas y quizá centenas de miles de víctimas entre las personas arrojadas de sus casas y territorios, forzadas a vivir en campamentos de refugiados, e incluso que miles de ellas han sido asesinadas…

 

Si nos fijamos en el gran número de personas que no pueden disfrutar de derechos políticos porque viven bajo dictaduras en las que estos derechos no son reconocidos…En el gran número de excluidos o marginados ya existentes, o en los millones de pobres y marginados en los países más ricos, la liberalización económica incontrolada, el “dios cruel mercado”… Si consideramos los malos tratos recibidos por mujeres y niños, incluso en sus propios hogares…

Si lanzamos una mirada sobre algunos de estos problemas que aquejan a nuestros conciudadanos del mundo, advertimos que esa joya que la modernidad exhibió y colocó en sus banderas, “La Igualdad”, está lejos de haber conseguido sus objetivos.

2. La diosa igualdad frente a la diosa ambición.

   Ya en el siglo V a. C. el trágico griego Eurípides en su obra Las fenicias nos hace un elogio de la Igualdad frente a la Ambición. Polínice, hijo de Yocasta y de Edipo, ha sido despojado por su hermano Eteocles de su patrimonio y de sus derechos al trono de Tebas. Polínice viene con un ejército a reclamarlos. Yocasta quiere resolver el conflicto por medio del diálogo entre los dos hermanos, y reprocha a Eteocles que se aferre a esa abominable deidad que es la Ambición. Le dice que la ambición es contraria a la justicia y que si entra en una casa o en una ciudad, hace intolerable la vida. Por el contrario, la Igualdad “une y estrecha amigos, ciudades con ciudades, aliados con aliados”. Tener las mismas leyes es la mejor base para la convivencia. Pero si cada uno quiere determinados privilegios, éstos les llevarán a la enemistad perpetua y a la guerra. Y terminará el elogio de la Igualdad diciendo que “para los verdaderos sabios lo necesario basta”.

Quizá estas palabras de Eurípides sigan teniendo vigencia.

3. El sabio se conforma con lo suficiente para poder realizar su plan de vida.

   En nuestros días podríamos gozar todos por igual de un determinado nivel de recursos que nos permitiera la libre realización de nuestros planes de vida. Estos niveles mínimos a los que todos tendríamos igual acceso nos liberarían de esa afrenta a la dignidad humana que es la miseria. ¿Y cuáles son esos recursos, esos bienes primarios que necesitamos para poder llevar a cabo un plan racional de vida?

El filósofo liberal igualitarista J. Rwals responde a estas preguntas presentándonos dos grupos de bienes sociales primarios. El primer grupo está constituido por derechos, libertades y oportunidades. El segundo, por ingresos y riqueza. Estos bienes han de estar distribuidos siguiendo dos principios básicos de justicia.

El primer principio dice: “Cada persona ha de tener un derecho igual al más amplio sistema total de libertades básicas, compatible con un sistema similar de libertad para todos”. Hay que advertir que estas libertades básicas serían: la libertad política (derechos políticos de votar, elegir representantes, ocupar cargos públicos); la libertad de expresión y reunión, de conciencia y de pensamiento… (Pero otras posibles libertades como la de poseer medios de producción, fábricas, campos...o la libertad para hacer contratos en las condiciones que uno quiere, y otro, obligado por la necesidad, tiene que aceptar, no son libertades básicas).

El segundo principio establece que: “Las diferencias económicas y sociales han de ser estructuradas de manera que sean para:

  1. a)Mayor beneficio de los menos aventajados, de acuerdo con un principio de ahorro justo.
  2. b)Unido a que los cargos y las funciones sean asequibles a todos, bajo condiciones de justa igualdad de oportunidades”.

Según estos dos principios de la Justicia que Rawls nos propone, todos los bienes sociales primarios: libertades, oportunidades, renta, riqueza…han de ser distribuidos a todos por igual, a no ser que una distribución desigual beneficie a los más desfavorecidos.

En suma, que la diferencia sólo se justifica si favorece a los peor situados.

4. ¿Por qué hemos de ser iguales? ¿En qué podemos basarnos para reclamar esta igualdad a nivel ético?

   Según los liberales igualitaristas, somos iguales porque somos ciudadanos libres y capaces de crear un contrato social y unas instituciones justas; y somos capaces de crear estas instituciones porque tenemos autonomía moral y una capacidad igual para posee una concepción del bien y adquirir un sentido de la justicia. Así pues, si todos los humanos tenemos estas capacidades, se supone que haríamos leyes que promovieran la libertad, la igualdad y la justicia, ya que éste sería el medio más ético e inteligente para promover nuestros planes de vida. Para que estas leyes sean lo más justas y universalizables posibles, Rawls nos presenta la metáfora del “velo de ignorancia”: las personas que redactan estas leyes desconocen cuál va a ser su posición de partida. Al no saber en qué posición se van a encontrar, intentarán redactar las leyes más justas e igualitarias para cualquier situación. Esto se parece al problema de encontrar el procedimiento más adecuado para conseguir el reparto igualitario de un pastel entre cinco personas. La solución, como sabemos, consiste en que haga las porciones precisamente aquella persona a la que le ha tocado en suerte ser la última en escoger. Por otra parte nos resulta también muy familiar la imagen de la Justicia, con los ojos vendados como símbolo de la imparcialidad.

5. El punto de partida es desigual e injusto.

Estas personas que redactarían las leyes más justas e igualitarias preguntarían por el “equalisandum”: ¿qué es lo que hay que igualar? ¿Cuál ha de ser el punto de partida para que las leyes y las instituciones sean lo más igualitarias posible? Los filósofos liberales igualitaristas contemporáneos dan diversas respuestas; así, J. Rawls nos dirá que hay que igualar los bienes primarios; R. Dworkin los recursos, Sen las capacidades…

Está claro que el punto de partida no es el mismo. Partimos de unos dones naturales: talento, salud, aspecto físico… que nos han tocado en la lotería de la vida, y que no son iguales. Por otra parte, nuestra posición inicial en la sociedad: el haber nacido en una familia o grupo con más o menos ventajas en orden a educación, medios económicos, ambiente. Estímulos…es fruto también de la lotería de la vida.

Por tanto, no merecemos ni nuestros dones naturales ni nuestra posición inicial en la sociedad.

6. La igualdad de oportunidades es insuficiente.

   Está claro que, tanto nuestros dones naturales como nuestra posición original tendrán un gran peso a la hora de acceder a las oportunidades que nos presente la sociedad, y está claro que partimos de “verdaderas desigualdades de origen”. No es suficiente, pues, el principio de igualdad de oportunidades. Según este principio, todos tenemos igual acceso a las oportunidades. Pero lo que no especifica el principios de igualdad de oportunidades es que no tenemos las “mismas oportunidades” de alcanzarlas.

            “Supongamos que una sociedad determinada otorga un gran prestigio a los miembros de la clase guerrera, que poseen una gran fuerza física. En el pasado, los guerreros fueron reclutados entre las familias ricas, pero ahora, los reformadores igualitaristas promueven un cambio en las reglas, de manera que los guerreros son reclutados de una adecuada competición. El efecto de esto es que las familias más ricas aún proporcionan virtualmente todos los guerreros, debido a que el resto de la población está tan mal alimentada por razones de pobreza que su fuerza física es inferior a la de los ricos y bien alimentados” (B. Williams).

¿Qué podemos hacer si creemos que es injusta esta discriminación? Si discriminamos a los mejor situados, ya que no están en su situación por méritos propios, y damos los cargos a los que poseen menos cualidades y preparación para desempeñarlos, podemos estar seguros de que la sociedad funcionará menos eficazmente.

¿Tendremos que aceptar entonces que si ya es injusta “la naturaleza” que reparte sus dones no igualitariamente, y también es injusta la posición de partida, ya que de nacer en una familiar, grupo o clase, o nacer en otra, tendremos más o menos posibilidades, dadas estas circunstancias, decíamos, tendremos que aceptar que no es posible cambiar las cosas ni intentar una equitativa igualdad de oportunidades?

¿Podríamos quizá compensar a los más desfavorecidos en la lotería de la vida, proporcionándoles medios adicionales, como mejor educación, mejores condiciones de vida y otras ayudas, e incluso “castigar” a los favorecidos, y así intentar una “igual posición inicial”?

Para contestar a esta pregunta habrá que pensar que el bienestar de todos los ciudadanos depende de un esquema de cooperación social. Este esquema tiene que favorecer a todos, y poder ser aceptable para todos. Por supuesto que las desigualdades inmerecidas han de ser compensadas. Esto nos dice el principio de compensación. Para ello serían necesarios unos medios adicionales como mejorar la educación, las condiciones de vida…de los más desfavorecidos.

Pero, ¿hemos de igualar a todos por el rasero más bajo? Si yo soy profesor y calculo que algunos de mis alumnos se esfuerzan poco, quizá porque parte de su ambiente no les estimula suficientemente, yo deberé estimularlos, incluso dedicar algún tiempo suplementario a estimular a los menos predispuestos a conseguir los objetivos propuestos. Pero, ¿deberé darles la nota de “suficiente” a todos, a los que se esfuerzan y a los que no, a los que consiguen los objetivos y a los que no se “preocupan” por conseguirlos?

Aquí entraría en acción el segundo principio de la justicia propuesto por Rawls: las diferencias económicas y sociales sólo podrían justificarse si sirven para beneficiar a todos y, sobre todo, para favorecer a los menos aventajados. Además, los cargos y funciones han de ser asequibles a todos bajo condiciones de justa igualdad de oportunidades.

Los “dones naturales”, e incluso la posición inicial en la sociedad, habrá que computarlos como bienes sociales que ha de favorecer a largo plazo a toda la sociedad. Y hemos de estructurar estos bienes sociales para conseguir una sociedad más igualitaria, compensando a los más desfavorecidos.

En todo caso, las desigualdades siempre quedarán limitadas por “la igualdad efectiva de derechos políticos y libertades básicas”. Así como también por una educación que, además de la formación técnica, nos proporcione recursos para disfrutar los bienes culturales, organizar nuestros planes de vida, y valorar y respetar la autoestima, la conciencia del propio valor, que es un activo fundamental de cada persona.

7. La igualdad en la Ilustración.

   La Ilustración, al proclamar la igualdad de todos los hombres, supone un avance emancipatorio impresionante. De hecho rompe los blindados privilegios aristocráticos del Antiguo Régimen.

Los pensadores ilustrados advirtieron ya dos sentidos diferente en el polisémico término Igualdad:

  1. a)Igualdad formal: los ciudadanos somos iguales ante la ley y no tenemos ningún privilegio debido a nuestro origen o nacimiento.
  2. b)Igualdad efectiva: situación, recursos económicos, educación. Todos los ilustrados militaban mesiánicamente en la igualdad formal. Algunos de ellos, no obstante, fueron más sensibles que otros a la injusta desigualdad económica. Rousseau y Helvetius, por ejemplo, presentan con gran dramatismo esta injusta desigualdad económica que “hace infelices a los hombres y las naciones”, y abogan por algún tipo de redistribución de la riqueza, y por el derecho igualitario a una educación básica.

Pero a esto el discurso ilustrado presenta importantes deficiencias, pues si bien su modelo de igualdad se presenta como universal, al mismo tiempo, deja fuera de esta igualdad a los no propietarios, a los negros, a los pueblos colonizados…y desde luego a las mujeres.

¿Cómo intentan justificar esa exclusión aquellos autores Ilustrados que la aceptan? ¿Por qué dejan a determinados grupos fuera de ese gran avance emancipatorio igualitario? Porque son diferentes: tienen distinto color de piel, distinto sexo, distinta cultura que es considerada inferior, etc., y de la constatación de una diferencia física o social pasan “alegremente” a postular una desigualdad moral o política.

¿Quiénes quedan entonces en el grupo de los iguales? ¿Quiénes son los sujetos de la igualdad y de la racionalidad universal propugnada por el discurso ilustrado? La respuesta es clara, sus contemporáneos e iguales, es decir, su modelo-sujeto de la Igualdad y la racionalidad es el varón europeo, blanco, heterosexual y cristiano.

8. Iguales pero diferentes.

   Quizá habrá que “ilustrar la Ilustración” o, al menos, a algunos de los autores ilustrados. Quizá tendremos que ampliar “ese discurso de la Igualdad universal” para hacerla de verdad universal, incluyendo realmente a todas las personas. Y una vez ampliado, quizá debamos acondicionarlo mejor, para que se instalen también cómodamente en él algunas diferencias. Habrá que dar una nueva y más rica identidad al sujeto de la igualdad y de la racionalidad, al sujeto de las libertades y los derechos, al sujeto de los planes de vida.

  1. a)“Iguales a”: durante mucho tiempo, muchas personas se esforzaron por parecerse, por identificarse, por intentar ser “iguales a “ese “yo generalizado”, a ese modelo: ese dios celoso que nos exige identificarnos con él, nos exige que aceptemos todos sus valores y que no rindamos culto a ningún “ídolo encarnado”. Nos exige que no aceptemos bajo ningún concepto romper la ortodoxia de la igualdad formal y la racionalidad, y que no nos contaminemos con los sentimientos, los deseos, o nos apropiemos del propio cuerpo o de la naturaleza.

Muchas mujeres luchando por la igualdad tuvieron que asumir identidades forzadas: hacerse duras, agresivas…identificarse con imágenes convencionales de hombres triunfadores. A su vez estos “hombres triunfadores” no construyeron su identidad, sino que la recibieron a través de una socialización y una historia que no les dejaba un resquicio para los sentimientos, la empatía…Las mujeres griegas despedían a sus maridos, hijos, hermanos, que se iban a la guerra, advirtiéndoles: “Vuelve con el escudo o sobre el escudo”. Es decir, vuelve con las armas o muerto. Pero sin las armas no vuelvas.

  1. b)“Iguales entre”: tendremos que construir una nueva identidad o nuevas identidades partiendo de la “igualdad entre”. En este nuevo modelo cabrán identidades singulares y colectivas. Cada uno aportará sus diferencias. Pero las diferencias no implicarán discriminación ni exclusión. Los “valores masculinos” y los “valores femeninos”, los valores de nuestra cultura y de “otras culturas” podrán combinarse en la identidad singular de cada persona. No es que cualquier valor sea aceptable, no es eso de que “todo vale”…Es que, si como personas poseemos la capacidad moral de adquirir una noción universalizable de justicia y de bien, seremos capaces de universalizar, de apropiarnos, o al menos de tolerar, muchos de esos valores, que una identidad limitada, “hegemónica” y excluyente ha arrojado del mundo o no ha dejado aflorar.

9. Diferentes pero iguales.

   De todas formas, no podemos construir identidades particulares a partir de nuestra cultura, nuestra religión, nuestra etnia, nuestra nacionalidad, que al resaltar nuestras diferencias exijan privilegios o exclusiones. No podemos decir: “el que no es de nuestra “fratria”, de nuestro círculo de iguales…no tiene los mismos derechos”.

La perspectiva de “yo generalizado” es insuficiente pero necesaria:

  1. a)insuficiente porque al buscar la unidad rechaza cualquier diferencia disgregadora;
  2. b)necesaria porque evita que cualquier tendencia disgregadora se constituya en identidad excluyente.

El discurso de los derechos humanos ha de ser universalista.

Savater, en un artículo de opinión publicado en el diario “El País”, llamaba nuestra atención sobre una de las metáforas mas usada en nuestros días: “Las raíces”. Nos comentaba cómo esta metáfora “vuelve interminablemente”: “recuperar las raíces”,

“no olvidar las raíces”, “defender las raíces”...Estas raíces pueden ser tomadas como origen de derechos y privilegios de grupo, justificando desigualdades y exclusiones. O bien, pueden ser tomadas como la base igualitaria de los derechos individuales de cada persona. Estas últimas serían las “raíces humanas”. Estas raíces en las que se basaron los Ilustrados para, prescindiendo de las diferencias de religión, lengua, etnia, origen social…reconocer a todas las personas como Iguales. Terminará el artículo afirmando que podemos “volver a las raíces” cuanto antes, para, a partir de esas raíces, establecer los derechos y valorar las diferencias. Pero a “ las raíces ilustradas, a la raíz común de nuestro parentesco. El resto no es más que andarse por las ramas haciendo monerías”.

10. Desregulación del mercado, estado mínimo e igualdad.

   Quizá podríamos afirmar que “corren malos tiempos para la igualdad”. Pero podríamos preguntarnos también si alguna vez fueron buenos. El neoliberalismo que nos invade y que se atrinchera en el “pensamiento único” afirmando que no hay alternativa posible, demanda continuamente a través de los medios de comunicación, e incluso de muchos ministros de economía, una mayor liberalización económica. Esto se traduce en dar mayor libertad al mercado, en evitar cualquier barrera o traba a la libre circulación de capitales y mercancías. Entre las mayores trabas a remover figuran los impuestos, los gastos sociales y los costos salariales. Como sabemos, el neoliberalismo aplicado por Ronald Reagan y Margaret Thatcher en la década de los 80, dio lugar a una serie de consecuencias desastrosas que van desde la degradación de los servicios y equipamientos públicos (hospitales, centros de enseñanza, incuso vías de comunicación), pasando por un aumento preocupante del paro, la precariedad laboral… hasta una mayor fractura social por el recrudecimiento inicuo de las desigualdades. Problemas no resueltos por el crecimiento macroeconómico ni, por supuesto, por la “mano invisible del mercado”.

I. Ramonet en “Un mundo sin rumbo” nos cuenta cómo los tres fondos de pensiones más importantes de Estados Unidos controlan 500.000 millones de dólares. “Los gestores de estos fondos concentran en sus manos un poder financiero de envergadura inédita, que no posee ningún ministro de economía, ni ningún gobernador de banco central. En un mercado convertido en instantáneo y planetario, cualquier desplazamiento brutal de estos auténticos mamuts de las finanzas puede entrañar la desestabilización económica de cualquier país”.

Afirma a continuación que en el Foro Internacional de Davos (Suiza) de 1996, los dirigentes políticos de los países más ricos del mundo, expresaron su temor ante estos y otros gestores de fondos que actúan libremente y sin ningún control gubernamental en el “ciberespacio de las geofinanzas”. Estos gestores buscan únicamente el máximo beneficio, el interés a corto plazo, sin hacerse más preguntas. Sin plantearse siquiera si su acción puede desestabilizar la economía de algunos países y, por supuesto, sin pensar que todos hemos de contribuir al Bien Común.

Dirá Raymond Barre: “Decididamente, no se puede dejar el mundo en manos de una banda de irresponsables de treinta años que no piensan más que en hacer dinero”. Ya conocemos las tesis del neoliberalismo: liberalización, apertura de todo el mundo al mercado, reducción al mínimo de los gastos sociales. Todo el poder al mercado. Estado mínimo: estado notario y, en tal caso, Estado punitivo. Privatización de toda propiedad y de todo servicio público.

Partiendo de, y apoyándonos en, esta tesis, ¿habrá alguna posibilidad de cubrir las necesidades de agua potable, alimentos, educación, cultura...de alcanzar un nivel igual de derechos, libertades y oportunidades, para que puedan realizar sus planes de vida los más de 6.000 millones de personas que sobrevivimos en el planeta Tierra?

Afortunadamente, el discurso político, al menos en Europa, está cambiando. Ya puede escucharse, al lado de “cifras macroeconómicas”, “reducción del déficit”, “inflación”…otras palabras que pueden conjugarse, o que, al menos, dejan un hueco para la igualdad: “cohesión social”, “sanidad”, “educación”, “solidaridad”. Es muy significativo, como señala J. Estefanía que Jospin proponga como número dos de su gobierno, no al ministro de Economía, sino a la ministra de Empleo, sanidad y Seguridad Social, Martine Aubry. Y en su libro “Il est grand temps”, afirma: “Hay que construir un nuevo modelo de desarrollo capaz de pedir al mercado lo que sabe hacer: la eficacia, la innovación. Pero que sepa también responder a las necesidades de todos…Hay que situar el objetivo de la solidaridad en el corazón de la sociedad. Para llegar a ello, es necesario que la sociedad sea más transparente, más democrática, y que el debate público tenga su lugar. Hay que reconstruir la política”. Si el mercado es innovador y eficaz, pero no tiene cerebro ni corazón, habrá que dotarlo de cerebro pata que planifique un desarrollo sostenido y a largo plazo, y habrá que colocarle un corazón donde quepa la solidaridad.

Quizá este corazón, donde pueda latir la piedad natural de Rousseau y el sentimiento de benevolencia de Hume, debe ocupar un lugar también en la Ética, y en ese concepto más acogedor de igualdad, en el que puedan convivir identidades diferentes.